Cuando No Queda Nada

Dejé atrás todos mis sueños, jamás seguí mis instintos, estaba seguro que no me llevarían a ningún sitio: ¿Por qué caminar en busca de tus sueños si corres el riesgo de no alcanzarlos nunca? Esa fue la pregunta que me acompañó durante todos los días de mi vida y jamás le di una respuesta que me llevara a luchar por ellos. Era mejor guiarme por los deseos más oscuros y conseguir subir a la cima en solitario sin sueños, ni acompañantes.

Y ahora desde aquí observo mi vida, mis recuerdos, mis temores y mis fallos. Sí, es cierto lo que dicen: todo es como una película en la que el protagonista eres tú. ¿Y sabes que es lo más triste? ¿Sabes que he descubierto? Que fui como aquel califa cordobés, Abd al-Rahman III al-Nasir, que a lo largo de su reinado de cincuenta años tan sólo conoció catorce días de felicidad. Más de 18.000 días vividos y menos de medio mes de alegría.

Me siento tan raro. Observo todos mis movimientos, veo los errores e intento remediarlos, me aconsejo, me grito… pero sé que es inútil, ahora es tarde. Ya no queda nada por lo que luchar, ni nada que perder: todo se quedó atrás, todo lo dejé abajo. Quién quiera que dijese que nunca es tarde mintió, ya es tarde, siempre lo fue para mí. Ahora empiezo a entenderlo todo, y ahora que soy consciente ¿de qué me sirve? No puedo hacer nada, ni siquiera llorar, no quedan lágrimas que derramar. Todas se quedaron allí abajo en los ojos de los demás, nunca en los míos.

Me veo con veinte años, era todo lo que un hombre de esa edad desearía tener, pero aún así yo no tenía nada y no sentía nada. Por dentro mi vida estaba vacía: mi familia rota y yo estaba solo, sin nadie a mi lado. Y nunca la tendría ya que jamás luché por un amor. En aquellos tiempos me había enamorado de una mujer de treinta y tantos años, me habían cautivado sus ojos y su pelo pero la dejé escapar igual que ella dejaba escapar mis sonrisas.

Es en estos momentos cuando no queda nada cuando lo quiero todo, hasta decirle a aquella mujer de que la amaba, y que daría mi vida por estar a su lado. Pero, veo como en aquel momento preferí jugar a su juego de miradas esquivas y perderme por siempre de su vida. Desaparecer para siempre en la oscuridad que reporta la soledad, creyendo que tal vez así sería más feliz. Jamás acepté que podría dañarme la penumbra, siempre me sentí tan cobijado en ella. Cuán equivocado estaba.

Ahora sé que mi vida fue fruto de los siete pecados capitales: la ira y la envidia nunca me dejaron ser feliz; la lujuria y la gula destruyeron mi alma; la avaricia y la soberbia nunca me dieron lo suficiente; y la pereza acompañada del resto siempre me impidió luchar por los pocos sueños que me iban quedando. Pero todo eso ahora es muy fácil de ver e imposible de remediar. Ahora dispongo de toda la eternidad para recrearme en mis pocas virtudes y destruirme una vez más en mis errores, en los fallos que no deseaba ver. En aquellas noches de lujuria desenfrenada en las que creí ser feliz con prostitutas, dónde sólo importaba la lujuria para poseerlas, la avaricia de ser más que nadie, y la soberbia de creerme el mejor.

Sin embargo si hubiera encontrado el valor para mirar en mi alma hubiera descubierto que estaba vacía, tanto como mi vida. Me veo y me repugno al recordar cómo uno a uno fui pisoteando a todas las personas que se interpusieron en mi camino hacia la gloria, hacia el ascenso. Los humillé igual que desprecié a todos aquellos que intentaron ayudarme a ser mejor persona. Siento que nunca tuve un ápice de humanidad, ni creí necesitarla. Se me hacía tan fácil ascender solo que jamás pensé en hacerlo acompañado. Cegado por el poder mi único sueño, o eso creía, era subir más y más alto. Tan alto que todos supieran de mi nombre, de mi fama, de mis empresas… y ahora aquí ¿de qué me sirve un nombre?, ¿de qué me sirve un pasado?, ¿de qué me sirve el haberme creído un Dios cuando la felicidad nunca estuvo en mi vida?

Siento que fui como el sultán del sufí: a pesar de poseer dinero, poder y posición social, tenía dos esclavos: la avaricia y la ira, que hacían moverme de forma ruin. Sin embargo, aquel sultán se arrodilló ante un derviche harapiento, algo que yo jamás hice ante nadie. Ninguna vez me di por satisfecho, nunca acepté un no por respuesta de alguien más bajo que yo, y de personas más altas, muy pocas veces también. Pero lo perdí todo y todos aquellos que trabajaban para mí, todos los que me rodeaban me dieron la espalda: a mí que lo tuve todo y fui su señor. Aquello me enfureció aún más y sólo acabó por desprestigiar más mi caída y adelantar mi muerte. Hoy, al fin, soy consciente: nunca tuve la razón y mucho menos merecí una mano amiga.

Ahora por fin sé cuáles fueron mis catorce días de felicidad: trece de ellos fueron en mi infancia cuando aún era un alma pura y no estaba corrompida, cuando no tenía la edad suficiente para comprender lo que pasaba. Fueron doce años los que viví con mis padres, en los siete últimos empecé a ser consciente de la realidad de mi familia. Casi todas las noches escuchaba sollozos de mi madre o los gritos de mi padre. Mi padre obligaba a mi madre a prostituirse para pagar los gastos de la familia, y si ella no quería le pegaba hasta hacerla cambiar de idea. Yo jamás me enfrenté a mi padre, no encontraba el valor suficiente. Fue una noche en una discusión cuando a mi padre se le fue la mano y mató a mi madre, luego él se suicidó. Y yo quedé solo para el resto de mi vida.

Tras sus muertes quedé desamparado. Mi familia, o la que yo pensaba mi familia, me dio la espalda y me mandó a vivir a las calles de aquella fría ciudad, a los barrios bajos y fríos de aquel suburbio. Desde entonces y hasta mi muerte no hubo mayor felicidad que la contaminada por el alcohol, los vicios, las drogas, y los pecados.

El último día feliz de mi vida fue el último día de mi vida: cuando fui consciente de que todo acabaría. Y el día más triste, si tuviera que elegir sólo uno fue descubrir que estaba solo: que todos me odiaban como al mismísimo Belcebú.

El día de mi muerte empezaba a ser consciente de todos los errores, por eso cuando llegó la hora de la cita y vi acercarse la muerte con paso lento pero certero no intenté huir, ni pedí una segunda oportunidad, simplemente sonreí y fui feliz. Siempre he sido conocedor de mis errores pero jamás intenté remediarlos, ni siquiera evitarlos. Esa era la única forma que tenía de actuar vicio tras vicio, error tras error. Ahora para el resto de la eternidad sólo queda descansar y buscar a la dueña de las miradas esquivas para, ahora sí, luchar por pasar el tiempo junto a ella.