¿Cuál es el precio de un sueño?

Él estaba sentado en su estudio como todos los días en sus últimos diez años. Por su trabajo tenía la suerte de poder hacerlo desde casa, fue lo que él siempre había soñado: un trabajo cómodo y con ordenadores: un trabajo de hombres. Era el encargado de supervisar los programas ofimáticos de la empresa, responder a los mails, y si se diese el caso reparar la página web, poco más. Su productividad era algo que le importaba poco, es más ni siquiera sabía si su función en aquella empresa era rentable o si sería mejor para ella externalizarlo.

Daba igual que no fuese el trabajador más productivo, era la empresa de su padre y no sería despedido, y mucho menos ahora que se casaba dentro de pocos meses con el prototipo de mujer que tanto había ansiado su padre: de buena familia, tan buena como la del subdirector general de una gran empresa con la que colaboraban, con la carrera de Filología Inglesa –una carrera de chicas– y con un pasado irrefutable. El resto le daba igual al padre: si era más o menos agraciada, o si era mejor o peor persona, si su hijo quería o no, e incluso si llegaban a amarse. Sólo le importaba aquellos cánones y que le dieran un hijo. Por eso, sus padres concertaron el matrimonio por los dos.

Para él no era su prototipo de mujer, ni de nada. Nunca sintió amor, es más, jamás sintió nada por ella más allá de la indiferencia pero tenía que ocultarlo con la máscara del amor… Estaba atrapado en una mentira de la que no podría salir. Eran tan distintos que ni siquiera coincidían en la hora de comer, de vez en cuando pasaban algunas temporadas viviendo juntos, y siempre habían almorzado por separado, cada uno a su hora como si coincidir en la mesa fuese algo imposible, como si en la mesa para reuniones familiares sólo cupiera una persona en aquellos momentos.

Sin embargo se iban a casar. En pocos meses firmarían un papel y unos votos que les mantendrían unidos hasta que la muerte los separase, porque para sus padres no existía el divorcio, para su padre la chica era perfecta. No obstante, para él sólo la idea de estar amarrado en un matrimonio sin amor era peor que la muerte, pero no lo sabía nadie: ni siquiera su hermano. Realmente su hermano nunca fue su “cajón de secretos” pero era el causante, al menos en cierto grado de que él estuviera hecho un mar de dudas y le apeteciera escapar de todo aquello.

La causa de las dudas era la amiga de su hermano. Tal vez si aquella chica nunca se hubiera presentado en su vida quizás él sentiría ahora algo por la que en el futuro sería su esposa, quizás habría podido llegar a sentir algo.

La amiga del hermano era una chica rubia con los ojos azules y un cuerpo perfecto: todo lo que él siempre había soñado, lo que nunca imaginó que existiría hasta que la vio en su casa, pero ella… Ella era demasiado para un chico tan simple como él, y encima su padre no se lo permitiría. Por todo eso jamás se atrevió a decirle nada, sólo el saludo alguna vez que le abrió la puerta de casa. Para colmo de males era bastante mayor y seguramente no querría estar con un niño como Felipe. Si todo eso fuese poco para destruir por completo sus sueños respecto a Alexa, no sabía si entre ella y su hermano había alguna relación más allá de la amistad.

Un día, mientras se dirigía al baño, se encontró a Alexa por los pasillos de su casa, no sabía que estaba allí, de saberlo no habría salido fuera. Se encontraron uno frente al otro, y él quedó mudo. Estaba como siempre: magnífica, con su mirada angelical y su cabello dorado… para él siempre fue una diosa imposible de alcanzar, su deseo más profundo, su quimera… Pero aquella tarde todo cambiaría y no sólo entre ellos dos porque aquel beso fue mucho más que eso: fue el romper con las convenciones de su familia y cumplir un sueño: su único sueño.

Ella se acercó en aquel pasillo, por primera vez en su vida Felipe estaba seguro de las intenciones de Alexa y sabía que le besaría, pero no sentía miedo por aquello. Se acercó a ella y se besaron, un extraño escalofrío recorrió su cuerpo, sentía una dudosa mezcla de realización y de castigo: por un lado había culminado su deseo pero por el otro le había sido infiel a su pareja, que no amaba, pero que era su futura esposa. Alexa se lo dijo al oído:

Lo que hacemos no está bien, pero lo necesito. Si hubieras renunciado a mi boca mis labios te hubiesen seguido hasta encontrar los tuyos. Necesitaba de tu sabor, cometer esta locura que quizás nos atormente por siempre.