Campana

Y no sé qué debería decirte o sentir. Sé que antes de nada, debería vencer todos mis demonios, y no creo sean pocos; empezando por el consejo que alguien me dijo (más de) una vez pero que por ahora no tengo las fuerzas necesarias. Todas estas miserias empezaron para olvidar y nada ha servido, hasta que te encontré a ti y comenzó algo especial, algo por lo que luchar y se me fue de las manos… se me está yendo y me siento absurdo, idiota… pero aquí sigo, yo también estoy loco.

Es cierto que ya te he sentido muy cerca varias veces, y siempre en el mismo lugar pero en distinta ubicación. Comentas algo y te quedas mirándome, y yo me hielo, me quedo callado con una batalla en mi cabeza, con una guerra contra la realidad y lo que estoy viendo en ese instante: ¿vas a besarme? ¿es una señal? ¿debería lanzarme? Y las respuestas a esas preguntas siempre se mueven entre el sí y el no. No dan una respuesta categórica, y el combate sigue estando allí: una pequeña voz me dice que no debería, que no puede ser, que todo aquello han de ser más deseos que realidad… y ese beso que nunca se dio se convierte en dos besos en la cara, o en uno; pero nunca en el centro de la boca… y algunos de mis demonios sonríen, otros cuando estoy a tu lado dejan de existir.

Y, otras veces, hablamos infinitas horas sin que nada ocurra a nuestro alrededor cuando todo se mueve tan rápido que desde fuera da vértigo. Esas conversaciones son las que más me gustan, cuando te olvidas de las reglas, cuando tu mente divaga en otros momentos más felices, cuando no existe nadie más que ese camarero que nos avisa va a cerrar y a nosotros aún nos queda un sorbo de café frío, y cuando mis demonios siguen mermándose desde tu boca. Después de todo aquello, como siempre, me haces saber que dices muchas locuras y que no haga caso que he de decidir por mí, pero no olvido aquello de “nunca hablo en balde, y todo lo que digo es por algún motivo”.

Fue en una de esas conversaciones por la noche cuando aquella frase me dejó pensando en lo que estábamos hablando en aquel momento, en las horas anteriores y en todas las cosas que nos decimos, en las que solo yo pienso (creo), y en las que solo yo a veces veo (espero que no). Tantas formas de comunicarnos, tantas de hacernos saber, que pudiera ser extraño te ocultase algo, pero los sentimientos no son “algo”, son una locura o tal vez un truco de magia… y como siempre escuché: un buen mago nunca revela sus trucos y guarda el mejor para el final.

Por eso habrá cosas que nunca te diga, como que te he soñado varias veces. En el primero nos besábamos, nos abrazábamos, nos perdíamos. Todo empezó como un simple juego donde solo nacían besos suaves y tiernos en los labios, veintitrés en total no preguntes por qué, y donde poco a poco se iban volviendo más pasionales. Y tras ese juego nos sonreíamos pensando la estupidez que habíamos hecho, y entonces sí nos besábamos como solo lo hacen los verdaderos enamorados, como lo hacen los amantes: sonrientes y felices.

Y también me callaré aquel epitafio sobre los sueños, aquel que decía ni siquiera estos son tan brillantes como nos hacen creer, porque solo son sueños. Quimeras. Y no tiene nada que ver que esta noche volviese a soñar contigo, por segunda vez, y te volviera a besar, pero esta vez sin los juegos, sin esos veintitrés besos coquetos que se fueron incendiando. Tampoco tiene relación que sea consciente no se tornarán realidad. Esta vez simple y sencillamente éramos felices con ellos. Quizás fuera del mundo onírico no todo es tan fácil como nos gustaría.

No te preocupes. Es simplemente que, el reino de mis sueños es algo que ni yo alcanzo a entender. Ni tampoco pretendo lo hagas tú. No es un reino que duela, por suerte, las pesadillas es algo que siempre están lejos de mí, no me asaltan cuando me rodean las sábanas no tienen cabida junto a mis demonios, ellos lo ocupan todo; en mi cama siempre estoy solo, sin ti. Al final, tú no eres la débil de la relación…