Maktub

No sé muy bien por qué, pero de repente dije: “Estamos en este mundo sólo una vez”.
“Estamos aquí ahora”, dijo Verónica, como si pensara que era importante recordarlo.
{Jostein Gaarder; La joven de las naranjas}

Familia al completo en el Albergue de Miño.

Hace ya bastantes semanas regresé, otra vez, del Camino de Santiago, esta vez el itinerario elegido fue el Camino Inglés, poco más de 120 kilómetros desde Ferrol hasta Santiago. Fui solo, como siempre, y a pesar de ser la cuarta vez estaba aterrado, tenía miedo a lo que me podría encontrar. Pánico a lo que me depararía, o más bien de lo que no se me depararía: quizás poca gente, tal vez más duro de lo esperado, igual no podría desconectar tanto como necesitaba, o no encontraría nada ni nadie.

Las primeras etapas del Camino eran bastante cortas, al menos en la guía. La primera me llevó hasta Neda, llegué sobre las 11:30; fue un día raro, del que, ahora mismo, recuerdo dos cosas: la mirada de un gato y un pequeño texto que escribí a una chica; y por otro lado, el horóscopo de la revista Cuore (que llevaban otros peregrinos) para Virgo diciendo que conocería a alguien especial y no se equivocó…

Y todo por meterme en una conversación trivial entre dos chicas valencianas y dos peregrinos catalanes (de los que nos separaríamos y volveríamos a encontrarlos muy cerca de Santiago cuando todo había cambiado para todos). Y sin ser invitado a ella me dijeron que me parecía a Dani Rovira y si era primo de Pablo Alborán –como todos los malagueños–, por supuesto hubo tiempo para echarme más años de los que tengo. Tras aquellas bromas y la desilusión de saber que no, no soy primo de Pablo nos tomamos unas cañas, cenamos un bocata hecho a navaja con biofrutas, y nos acostamos pronto. Éramos peregrinos, el día comenzaría temprano, sobre las siete.

Pero antes de dormir, mientras pagábamos al hospitalero, nos presentamos. Recuerdo que una de ellas, para que las diferenciáramos, se presentó diciendo: “Rosa, como mi manchita rosa”. La otra chica, rubia y con una voluntad de hierro, Silvia. Y ellos, Juan Carlos y Francisco.

El día siguiente comenzó el verdadero camino, las risas, los desvíos por polígonos de Estrella Galicia, y las fotos en las cuestas para descansar y respirar… anduvimos no sé cuántos kilómetros, nos saltamos el albergue de Pontedeume porque como buen experto peregrino me lo pasé y no vi las flechas ni las conchas y como nos encontrábamos fuertes –unos más que otros– y con mucha voluntad –unas más que otros– continuamos hasta Miño, dejando atrás a los peregrinos catalanes. Por el camino nos encontramos a un voluntario del albergue que comentó que nos quedaba poco y nos dio ánimos a continuar. Llegamos sobre la hora del almuerzo y se asombró un poco al vernos allí. De hecho, a Rosa y a mí nos preguntó por nuestra hija: Silvia. Muchas veces me han echado más edad de la que tengo, pero nunca me habían hecho padre, y a Rosa y Silvia supongo que madre e hija tampoco.

Aquella tarde y aquella noche (con cena comunal incluida) fuimos intimando y conociéndonos más, contando parte de nuestras vidas, tonteando y compartiendo confidencias, o vacilando de gemelos y dando un beso de buenas noches antes de que todo el mundo volviese. Supongo que aquí fue empezando todo, aquel día empecé a adaptar mi papel e intentar cuidarlas y enseñarles todo lo que sabía del camino, de la magia lo inunda. Y, sobre todo comencé a comprender que yo también debía aprender de ellas: a ser más lanzado, a luchar por lo que quiero, a no tener miedo a los cambios, a llorar de rabia si hace falta y coger más fuerzas, a saltar al vacío… en definitiva a VIVIR y zacá el zaco al zó pa que ze zeque.

Al día siguiente, miércoles, la escala fue en Presedo: punto de inflexión, día de cambios.
El albergue estaba al lado de un cementerio en una calle donde no había nada más, y en la aldea tampoco. La comida se pidió a un restaurante a cuatro o cinco kilómetros, y allí compartimos mesa e historias con cordobeses y un madrileño-gallego, y taxi mediante cañas en el pueblo al caer la noche.

Aquel día fue una de las pocas veces que he llegado a un albergue y no he encontrado sitio (estábamos casi todos los de las noches anteriores y el nuevo grupo). Lo único que sabía era que no quería irme de allí, no quería separarme de ellas. Las chiquitas me propusieron dormir las dos juntas en una cama pero era una locura y no descansarían, la hospitalera tendría colchones o algo… pero de allí no nos movíamos y no iban a compartir por mí después de tanto andar. Al final, cuando pagamos, haciendo el recuento sobraba una cama aunque siempre podría haber dormido en una colchoneta junto a Pedro, otro peregrino bastante peculiar de madre gallega, padre ruso y que trabajaba en Estados Unidos.

También fue en Presedo donde por primera vez en el viaje dediqué mayor tiempo del necesario a los fantasmas que se quedaron en la costa cuando debí prestar atención a los que allí estaban, y erré porque una cosa es saber lo que has de aprender y otra muy distinta es poner en práctica la lección: ojalá todo fuera tan fácil como hacer un buen nudo y tensar la cuerda.

A partir del día siguiente las cosas siguieron cambiando… el jueves tenía un regusto extraño, supongo el dolor iba creciendo en todos y por primera en vez en cuatro años abandonaba el Camino por una lesión de una comperegrina, de una parte de mi viaje. Y aunque algunos no lo entiendan, ellas iban juntas y yo solo, en aquel momento –y siempre– prima más el ayudar y compartir que el simple hecho de llegar andando, porque ya “éramos”, ya “íbamos”. Yo ya había estado otras veces en la ciudad de las estrellas, había llegado hasta ella andando y tenía dolores en el tobillo, perdía fuerzas y el cansancio comenzaba a ganar la partida. Lo que en un principio iba a ser algo simple y sencillo se me estaba complicando, el cambio de planes no me vino tan mal.

Saltamos la etapa de Hospital de Bruma para dormir, ambulatorio y taxi mediante, dos noches en Sigüeiro en un albergue turístico, con una dueña un poco especial a la que la televisión gallega entrevistó poco después de lavarse el pelo tras el tratamiento con aceite de argán. Pero todo hay que decirlo: descansar abrazado sobre un colchón “viscolástico” y compartir confidencias en él, o sentado en el suelo de hormigón antes de que empiece o cuando escampa el chove miudiño hace que todo tome otro color aunque sigas teniendo la rodilla vendada, aunque sigas dándole vueltas a los errores (con el tiempo y la distancia es más fácil), porque, quillo, con una Estrella Galicia todo tiene otro color. Y ya el dormir en un colchón “Reford”, como el actor, lo vuelve a empeorar todo por mucho que lo anuncien como bueno, pero reencontrarte con peregrinos se agradece y compensa una mala noche con los riñones en el sueño –siempre mejor uno mal que tres–.

Finalmente, los dos últimos días de mi viaje los pasamos en Santiago, volviendo a reencontrarnos con peregrinos que nos acompañaron en el Camino, y como siempre acaba ocurriendo en los sueños: con el despertar. A veces no basta con una pequeña cena a oscuras en el jardín del albergue, ni con el cuadre de los días restantes para las niñas, ni siquiera con orujos y wiskis o ginebras, tampoco con un cigarro de liar fumado a modo de despedida, no basta con un abrazo… Las echo de menos. Echo de menos aquellos días, la fuerza de voluntad, los mi arma, el enseñarme refranes en valenciano, la mochila de hora de aventuras, la complicidad, las risas, y su manchita…

…quizás nos volvamos a encontrar, quizás no todo está escrito,
perquè plou poc però per a lo poc que plou, plou prou.

¿Ves aquellos molinos de allí?

Salí con un motivo en mente,
y ahora voy buscando mi propio Camino.

L'última fletxa, por Raúl R.
L’última fletxa, por Raúl R.
Una vez más, realmente desde que empecé a trabajar, en agosto volví, por tercera vez, al Camino de Santiago, solo. Esto provoca que muchos me digan que estoy loco, que hay mil sitios más por conocer y recorrer, pero siempre les digo que no he hecho dos veces el mismo Camino y que lo que allí se siente es diferente a otros lugares aunque suene tópico, pero es la realidad. Por otro lado este año para mí también era distinto en la esencia: cambios en la situación personal que vivo y porque en el fondo sin ser consciente todo cambia y de un año a otro tú nunca eres el mismo, ni siquiera lo es tu meta. Cada año me ha movido un sentimiento para hacerlo: cumplir un sueño, alcanzar el fin del mundo, o la búsqueda.Para este año, la elección fue fácil: me apetecía un Camino completo, y tenía sobre dos semanas… Quería un recomenzar, volver a los orígenes, empezar de nuevo: debía recorrer el Camino Primitivo, aquel que fue el origen de todos los caminos y discurre por tierras asturianas y gallegas; para mí, doce días de viaje hasta Santiago, y de improviso dos más para poder llegar a Finisterra, algo no concebido en mi primer proyecto donde las etapas eran algo más cortas, pero en el Camino uno aprende a que la vida no puede planificarse: tan sólo vivirla, sentirla y no pararse jamás. Sientes el dolor en las articulaciones, en el cuerpo en general, pero sigues andando porque hay algo aún más poderoso que te llama a continuar: crecer.Sobre el propio camino algunos dicen que el Primitivo es más duro que el Francés, o la Vía de la Plata porque la mayoría son etapas rompepiernas con subidas y descensos, desniveles bastante fuertes en el mismo día, más subidas y descensos, escaleras hechas en el propio bosque para poder subir la pendiente, descensos interminables entre caminos de piedras, y etapas más largas y constantes que en el Francés. Quizás sea verdad, o tal vez sea sólo una coincidencia, pero éste ha sido el único año que visité al médico, al tercer día tenía inflamado los músculos del pie, me recetó varias pastillas y aunque el dolor continuase hasta después de haber acabado el Camino mi viaje continuó a pie por aquellas tierras, gracias en parte a los masajes que recibía y que ayudaban a apaciguar el dolor y el alma: siempre hay que avanzar.La gente también me llama loco por hacer estos viajes sin nadie conocido (sí, me llaman loco por muchas cosas), pero creo firmemente que es otra parte de la esencia del Camino, la mayoría de los peregrinos que encontré lo hacían así. Quizá al hacer el viaje en soledad, buscando respuestas y tu propio camino acabas por obtener mejores respuestas a tus preguntas, por volver a reencontrarte con aquellos recuerdos que creíste perdidos, o por abrirte más a la gente, y también por escucharlas más a ellas: compartir miserias y logros.

Entiendes que todos cargan en su mochila con problemas y alegrías similares a las tuyas, las dudas que tú tuviste las atraviesan ellos ahora, y las mismas que ellos sufrieron las asumirás tú sin importar el tiempo o el espacio. Compartisteis, compartiréis, compartís mucho más que un simple viaje. Porque las apariencias nunca son lo que aparentan ser y a los cuarenta años puedes estar tan perdido como con veinte; con setenta te puedes reír con las mismas idioteces que un crío; puede que te encuentres con un gigante y comprendas que tiene tanto miedo como tú, que necesita de ese mismo abrazo… o que te pierdas en la inmensidad de unos ojos y sólo el ruido del mundo te devuelva a la realidad.

Y esas personas que llegan hasta ti como meros desconocidos o tú a ellos como un personaje más acaban compartiendo contigo su vida sin ser conscientes de que lo harían cuando una mañana, en San Juan de Villapañada, te dijeron si los acompañabas; estas personas son aquellas que en las noches compartieron litros de alcohol y en la mañana se sinceran; estas personas acaban compartiendo contigo los recuerdos de un pasado que no pudiste quemar ya que te conformaste con un cigarro; estas personas son las que te miran a los ojos y te susurran “¿qué?”, y tú te quedas sin palabras; estas personas son aquellas con las que haces promesas de volver a verte en un último abrazo que no esperabas y deseas cumplir la promesa con todas tus fuerzas; son las que te acompañan en tu búsqueda dentro y fuera, porque alguna promesa ya se cumplió.

Estas personas son las que te recuerdan una lección casi olvidada que aprendiste durante el primer viaje por tierras castellanoleonesas cuando, medio en serio medio en broma, los comperegrinos que te acompañaron aquellos días preguntaban si podías ver los molinos eólicos en el horizonte, y después respondían que esos mismos molinos los deberíais traspasar, muchas veces en el mismo día, por imposible que pareciera, por lejos y altos que estuvieran. Y a veces en la vida ocurre algo similar, te has de enfrentar a ella sin miedo, sabiendo que costará, que en el camino podrás caer pero si fijas la mirada en tu objetivo, si luchas por él mientras avanzas, llegará un momento, cuando alces la vista, donde entenderás que estás por encima de los molinos y por delante.

Así que… ¿ves aquellos molinos de allí? Pues vamos a atravesarlos…

Fisterre (III de III)

Ni Blanca ni yo abrazamos el Santo. Demasiada cola y demasiadas cosas por hacer… La principal, y tal vez la única que no sería sólo un recuerdo, recoger la compostelana. Allí, tras otra espera –tal vez no menor que la necesaria para abrazar a Santiago– pudimos recoger aquella acreditación que afirmaba habíamos llegado a la iglesia, aunque se recogía en la Oficina del Peregrino, con fe cristiana. Y en aquel papel, Blanca conoció por primera vez mi nombre. En el Camino éstos no importan, el peregrino va más allá. Pero, según rezaba mi compostelana, Iacobus. Sanctus Iacobus; Sant Iaco; Sant Iago: Santiago.Acabó nuestro sueño idílico. Aquella noche volvimos a dormir juntos en una habitación, volvimos a fusionar nuestros cuerpos sin ocultarnos de nada, ni de nadie. Mas fue la última vez, por la mañana nos separaríamos. Yo lo sabía, ella lo sabía, el Camino lo sabía. Y al despertar comprendí la frase que había leído en el libro de firmas de la oficina:

Fue un golpe de mala suerte lo que nos trajo hasta aquí”.

La segunda parte de mi viaje se me antojó más extraña que la primera, pero a la par más hermosa. Ésta vez sí eran paisajes gallegos en su pleno esplendor. Ésos con los que sueñas cuando te hablan de estas tierras. Sí; esos bosques inmensos dónde viven las meigas entre la niebla. Donde las bruixas hacen algo más que jugar. Donde habita la Santa Compaña. Donde sólo su compañía ahuyentaba todo el miedo que mi alma sentía.

A ella, la conocí en Negreira. Otro pequeño pueblo, el primero de la segunda fase de mi Camino. Un albergue pequeño de no más veinte, o veinticuatro plazas. Yo volvía a estar solo. Y ella, este año, también. Nos tocó dormir en la misma habitación. Junto a otra pareja más. Imagino que estar solos los dos hizo unirnos más, que entabláramos esa amistad: ir con alguien es cerrar puertas. Que me dejara aprender a su lado, y disfrutar de su sonrisa. Era tan distinta de Blanca; parecía tener todas las respuestas que yo no encontraba.

Era pintora, según me dijo. Había estudiado Bellas Artes, y ahora se dedicaba en cuerpo y alma a su pasión. Era su forma de vida. Y el Camino sería parte de su nueva colección. No todos los meses podía comer en los mejores restaurantes pero hasta la comida más ínfima supera la gloria si estás a gusto con tu alma. Y aunque para ti no tengas todas las respuestas para los demás sí puedes tenerlas porque quizás sea verdad que siempre es más fácil solucionar la vida del resto que la tuya propia.

El día siguiente, en Santa Mariña, Aura se confesó conmigo, y yo un poco más con ella. Le hablé con lágrimas en los ojos de mi vieja relación, aquella que había terminado y motivado el inicio de mi viaje; le conté sobre Blanca, sobre cómo una persona puede tambalear tu mundo con una sola mirada; sujetándole la mano, le susurré que estaba más perdido que nunca. Y ella me habló de su soledad y atacó directamente a la mía: “Tampoco ayuda engañar al corazón por el miedo a estar solo, porque sigues estándolo; en la vida, hay que ser fiel a uno mismo. No creo en mundos que se tambalean. No, ya no…

Sus palabras me animaban a solucionar los viejos problemas que había dejado antes de salir. A buscar respuestas. A hacerme ver que si llevaba dos semanas haciendo el Camino y no había usado el móvil para hacerme el fuerte, la seguía amando y podría volver e intentarlo. Intentar arreglar los problemas, recuperar una vieja relación, y, quizás, descubrir que aquella tercera persona no era tal. Quizás seguía sintiendo algo por mí.

Una nueva despedida. Nuestros caminos sólo se habían rozado, habíamos intentado curar nuestras almas en ese cruce pero no lo logramos. Ella salvó la mía de la morgue, volvía a estar en la UCI, pero yo ni había visitado su habitación. Hospital nos separó. A las afueras una rotonda con un mojón xacobeo señalando a Finisterra y a Muxía fue testigo de nuestro abrazo. De la despedida de la segunda persona, en tiempo, que había marcado mi camino; y la primera, en profundidad, que había marcado mi Camino.

Fue un golpe de buena suerte lo que te trajo hasta aquí.

Blanca y Aura. Dos mujeres tan distintas. Aura y Blanca. Dos formas de ver la vida. Ambas habían sido la tangente de mi círculo, sólo puntos en común que crees pueden hacer cambiar de rumbo tu destino, elipsar tu circunferencia, pero no desvían ni un grado el ángulo de tu vida. Al final todo termina igual. Yo en Cee, ella en Dumbría. Yo en Finisterra y ella en Muxía. Yo en Fisterre y ella en el Santuario.

Llegué a aquella ciudad. Última gran decepción del camino. Pero no cesé de andar, mis pasos me llevaron al faro. Como la estatua del peregrino me enfrentaba a la adversidad. Necesitaba ver el atardecer, el último resquicio de magia que buscaba. Ver desde el fin del mundo como el sol que es devorado por el mar la mañana siguiente emprende un nuevo combate contra las olas aun sabiendo que no vencerá. Anhelaba resurgir mi alma y volver a intentarlo. ¿Contra quién luchaba? No lo sé. Tal vez el Camino sólo fue un sueño efímero. Quizás una lección por aprender. Tal vez este viaje no tenga futuro. Quizás sólo queda el pasado que creí abandonar, y el Camino sólo fue un camino.

Fisterre (II de III)

En el camino hacia Villafranca intimé con Blanca. Habían empezado en León, algunas etapas antes que yo. Se quedarían en Santiago, yo llegaría hasta Finisterra. Era morena, con el pelo largo, la piel oscura también, delgada tras el Camino. Unos ojazos verdes increíbles, y los días de viaje le habían tonificado las piernas, y el pecho resaltaba bajo las almohadillas de la mochila. Blanca… Blanca… Blanca… Su nombre resonaba en mi cabeza desde que me lo dijo aquella noche en el cuarto. Dormimos juntos. Recuerdo cómo se escondió en el saco para quitarse la ropa y dormir. Recuerdo tantas cosas de ella, y de nuestro primer día…Aquella tarde no comimos juntos. Yo no almorcé. Seguía pensando en el pasado y en la llamada del día anterior. Nunca se puede dejar de pensar en el pasado. Nunca se puede. Nunca. Blanca me preguntó cuál era el motivo de mi viaje: dichosa pregunta. Intenté responderle sin parecer pedante, pero a la vez interesante. No tenía la respuesta a la pregunta, por eso contrataqué hacia ella: ¿y cuál es tu motivo para hacer el Camino? Sí, lo recuerdo muy bien, ella usó viaje, yo Camino.

Yo simplemente quería un motivo para seguir y allí lo tenía. Era ella. El encuentro con el monte, con el río… con el mismo Dios quizás, la luz, la claridad… con Blanca.

Caminamos varios días sin problemas, hasta que llegamos a Sarria donde fue necesario reservar albergue. Tuve que volver a encender el teléfono y llamar, y lo que ello implicaba: recibir mensajes de llamadas perdidas. Varias de mi familia, que sin dudar devolví. Después también tenía más llamadas de mi pasado, que volví a obviar, pero me hicieron daño. Blanca lo notó sólo con mi mirada porque no dije palabra…

Cuánto más quieres que algo desaparezca, más daño te hace. Si no podías con ello has hecho bien en dejarlo.
Pero… –acerté a decir– ¿cómo sabes eso? Si aún no he podido decir nada; si ni siquiera he podido asimilarlo yo.
Shhhh. No digas nada. –Y entonces me besó.

Le seguí el beso. Y no dijimos nada de aquello, apagué el móvil y olvidé los recuerdos. Al menos lo intenté. Renacer. Y de nuevo, una ciudad-encuentro, un punto de origen para muchos. La ciudad más cercana de Santiago donde entregan la compostelana. Por lo tanto, otro buen lugar para comenzar. Para ser uno más. Sólo un peregrino, un peregrino solo en busca de darle un sentido a su vida. Y quizás lo estaba encontrando, o tal vez estaba yendo demasiado rápido. Shhhh.

Desde Sarria a Portomarín, y de éste a Palas de Rei. Dos días que pasaron muy rápido, aunque clarividentes. O eso pensé. No hubo comentarios sobre aquel beso, pero cada vez que la miraba a los ojos veía algo más. Un brillo especial. Una compenetración más allá de las palabras o de los amantes. No encendí más el móvil: no hacía falta. La relación había acabado antes de dar el primer paso, antes de sujetar por primera vez la mochila, de clavar el bordón en tierras castellanoleonesas y yo había renacido en aquella ciudad con un beso. Los problemas habían desaparecido, o al menos, se habían ocultado bajo la luz de unos labios. Todo un mundo de sombras empezaba a nacer en mi interior.

Llegamos a Melide, ciudad donde era imposible pasar sin probar el fantástico pulpo a la gallega de la pulpería Ezequiel. En el almuerzo, el grupo de Blanca, y entonces también el mío, sufrió una baja. Pero, con una sonrisa provocada por la felicidad que da el saber que has cumplido tu Camino, tu misión. Se quedó en el albergue de Melide a dormir, nosotros, por la tarde, avanzamos hasta Castañeda. Blanca y yo, dormimos en un pequeño albergue privado, el Albergue Santiago. Dormimos los dos en una habitación. Solos.

Y desde entonces mi camino, mi vida, mi cometido ha sido la constante búsqueda de esa palabra que explique, de esa metáfora que exprese, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de dar ese beso, ese primer beso que abra la puerta al resto. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada. Perdido en la inmensidad del océano que son sus ojos. Ahogado en lo eterno de lo efímero. Sin palabras que lo describan.

Hicimos el amor cuando su boca consiguió rescatarme del aguamarina de sus ojos.

El día siguiente, y tras ocultar nuestra historia, llegamos a Pedrouzo. En la noche, cuando todos dormían aprovechando que mi litera era la del suelo, y que cualquier ruido sería ocultado entre los ronquidos, abrí la puerta y salí a la calle. Encendí el móvil. Esperé. Saqué un cigarro. Lo encendí. Primera calada. Editor de mensajes. Segunda calada. Activar texto predictivo. Expulsar todo el humo. 5-6-0-7-4-3-6-8-6. Tercera calada. Enviar. Apagar el cigarro. Apagar el móvil. Volver a la cama. No lograr dormir.

El fin del viaje no pudo tener peor epitafio. Desde la Plaza del Obradoiro Santiago de Compostela era una ciudad gris, triste, y fea. Una ciudad gris forjada sobre las rocas de sus grandes monumentos, sobre la catedral que poco a poco iba dejando paso al musgo en las infinidades de sus torres. Triste porque la niebla era su segundo apellido, y ésta, en la noche, no dejaba ver aquel campo estrellado que rezaba en el primero. Y fea porque abandoné mi amor peregrino allí. Un amor insólito, romero y penitente. Herrado y errado.

Fisterre (I de III)

¿Por qué hice el Camino? Supongo que esa es la pregunta que sigo haciéndome. ¿Por qué elegí empezar en Astorga? Ésa es fácil. Necesitaba un sitio para empezar de cero, donde poder unirme a más desconocidos, y en aquella ciudad leonesa no habría problemas: sería uno más. Sólo un peregrino en busca de darle sentido a su vida.Tal y como leería el día siguiente en una iglesia a la salida de aquella preciosa ciudad, lo importante no es la meta; sino, el encuentro con el monte, con el río, con el rumbo que has perdido… con el mismo Dios quizás.

En aquella ciudad leonesa empecé a encontrar el verdadero sentido de mi vida. Dormí en el Albergue de peregrinos Siervas de María, y en la habitación pude notar cierta camaradería entre los peregrinos, lo que me hizo pensar que se habían conocido en otras etapas previas del Camino. Con el pasar de los días descubrí que ello no tenía por qué ser así. El Camino une y enseña. Sobretodo enseña a quien es capaz de mirar con buenos ojos, a quien es capaz de aprender de algo tan vivo como el sentimiento de miles de peregrinos en busca de ese encuentro, persiguiendo el rumbo de sus vidas.

A partir de aquella mañana, cuando dejé Astorga, conocí a mucha gente. Con unos intimé. Con otros sólo fue el buen camino. Y con algunos hablé en los finales de etapas. Sin embargo, centrándome en el primer grupo de peregrinos, podía decir que fueron dos mujeres las que más marcaron mi Camino por distintas razones, por ámbitos diferentes. La primera de ellas la conocí en Villafranca del Bierzo, un pequeño pueblo al que llegaría días después; a la otra en Negreira, ya pasada la triste y gris ciudad de Santiago, donde muchos acabaron su viaje.

Mi primer día fue diferente. Distinto de lo que había esperado en un principio. Peculiar, por decirlo de algún modo. Fueron 26 kilómetros –o eso decía la guía– los que separaban la ciudad de la aldea de Foncebadón. Sin embargo, la subida hasta aquel pueblo desolado por el tiempo y malsufrido por los que allí vivían hizo que aquel camino y aquella soledad psíquica no me dejaran reflexionar sobre lo que había dejado atrás. Sobre la relación que murió poco antes de salir, pero hospitalizada durante meses.

Pensaba, ingenuo de mí, que el Camino en una sola etapa sería capaz de darme todo lo que yo no había conseguido en más de catorce meses: clarividencia. Claridad para ver qué hacer con mi relación, ver en qué me había equivocado, qué no había sido capaz de entregar. Sensatez para entender si debía pedir una segunda oportunidad. Respuestas es lo que buscaba. Pero lo único que encontré aquel día fueron montañas empinadas. No hubo tiempo para nada. Ni siquiera para recriminarle nada, ni tampoco a mí.

Aquella noche hablé poco con los peregrinos, me acosté pronto. Estaba demasiado cansado, pero sólo físicamente. A la mañana siguiente no tuve nada que dejar en la Cruz del Ferro como habían hecho, y estaban haciendo, tantos peregrinos. Yo sólo llegué hasta Ponferrada, y almorcé en un pequeño bar retirado de lo que era el Camino con un par de peregrinos que conocí en el sótano de la habitación. En el mismo albergue donde vi por primera vez a Blanca.

Aquel bar, era la típica tasca de pueblo. Pequeña, oscura, con poca gente y, sobretodo, peculiar. Muy peculiar. Demasiado peculiar. Estrambótica. Con un mapa en la pared tan mágico que hasta la leyenda rezaba: “Todos los animales son iguales, pero unos más que otros”. Una estructura que debías interpretar, ya que carecía de los espacios y señas a los que estamos acostumbrados. Según me explicaron, aquello era un mapamundi: un águila imperial con el símbolo de un elemento químico en el pico, que ahora no recuerdo, representaba a América. El punto del mapa que correspondería a Europa sólo tenía la iconografía de la bomba atómica, de la explosión. África, sí era un mapa físico con un agujero. Europa y África habían sucumbido al hambre y a la guerra, Asia, o el punto que correspondería a China y Japón, era la energía nuclear, el átomo rodeado de los iones. Según el mapa, y la interpretación que había logrado descifrar, los asiáticos arrasarían el resto del mundo. Se olvidaba de oriente medio.

Mientras estábamos comiendo recibí una llamada de mi pasado, de la chica que había dejado atrás, y me sentí como Europa, una vieja furcia de la que no quedaba nada. Maltratada por todo lo que tenía alrededor. Y en ese momento entendí, que el Camino es para desconectar. Apagué el móvil. Sólo lo encendía cuando reservaba algún albergue.

Era mi segundo día y ya había cambiado todo.

Tendiendo Intimidades

Era una chica corriente, muy guapa y sonriente. Demasiado de lo primero y lo suficiente de lo segundo para aquello. Se me hacía raro el verla allí, quizás aquel no fuera su lugar, ¿pero por qué tenía que ser el mío? Tal vez el motivo de su sonrisa fuese aquello que estaba viviendo, aunque la belleza, como digo, le era innata.Yo, desde una silla de plástico, de Coca-Cola, y sobre una mesa, de Heineken, le observaba tender la ropa. El tiempo había querido otorgarme unas horas más de margen sobre su propio tiempo. Imagino ella reparó en mí, pero simplemente como uno más. El observador era yo, había pasado a por aquel ritual que ella vivía en ese momento. A muchos les gustaba dormir, a mí simplemente observar.

Para quien desea paz, remanso y respuestas Morfeo no es la solución. Sólo hace atacarte más y destrozar tus entrañas, robar tu sonrisa y hasta hurtar la sonrisa de aquella desconocida que no sé dónde se escondió. Me dejó allí sobre la silla, con la libreta en la mesa, mirando al infinito, viendo como aquel tendedero se caía con su ropa, viendo como el resto del mundo dormitaba, viendo como su sujetador morado estaba en el suelo. Me levanté y le recogí la ropa como pude. El tendedero no soportaba tanto peso; me acerqué a las cuerdas donde estaba tendida la mía, pasado el camino, y al ver estaba seca la cogí. Cuando la volviese a ver a ella, le ofrecería aquel sitio.

Volvió a salir a la calle, y se asustó un poco cuando le hablé, no me esperaría o no esperaría aquel comentario. Sólo dio las gracias, y usó las cuerdas. De lejos su belleza seguía allí, pero su sonrisa no podía verla, y sólo pensaba en si sería real o una ilusión hecha por aquel tiempo y lugar.

Recuerdo que mi cena de aquella noche fueron las sobras del medio día, sobras o quizás mi plato porque al llegar temprano a aquel lugar sólo tomamos un bocadillo de lomo. La mujer decía que no hacía cenas, pero dadas las circunstancias, y que la comida estaba ya hecha, nos calentó aquel plato de cocido gallego, y un par de tortillas francesas que comimos junto a una pareja francesa mientras bebían vino tinto, que según decían era de una calidad excelente. Una extraña cena, demasiado temprana, para cinco personas en una mesa redonda. Mientras nosotros cenábamos todos aún reían y disfrutaban en la calle. Las horas que le había ganado al tiempo ahora éste se las recobraba y entendía que no había tal ganancia.

Salimos a la calle, habíamos cenado y ya no hacíamos nada en aquella mesa, nos fuimos a hablar a un pequeño banco de madera, a pensar en muchas cosas y la volví a ver con una camiseta roja, y una trenza en el pelo, sonriente, hablando con dos hombres. Ha pasado mucho tiempo ya no estoy seguro de si me sonrió o si ni siquiera se dio cuenta de que estaba pasando por su lado.

Nos conocimos, era inevitable que lo hiciéramos, pero no aquella noche. Aunque a pesar de habernos conocido seguía sin saber si aquella sonrisa era por la completitud de su vida, o simplemente por disfrutar del momento; en cualquier caso debía, debíamos, disfrutarla.

Aquellas literas, donde el sueño nos recogería, no podían tener la misma edad que el edificio las contenía, pero habrían pasado tantos cuerpos por ellas que la sensación era esa. Yo estaba con aquellos hombres, siendo consciente que me acerqué a ellos no fue tanto saber de sus vidas como de la suya. La hicieron reír cuando yo estuve sentado en el banco de aquella madera mal cortada y peor lijada. Y ahí, con un comentario de uno de los dos hombres, mientras respondía a una pregunta que no me correspondía a mí supe su nombre. No recuerdo si ofrecí champú, imperdibles o algún otro comentario idiota, pero por detrás oí:
Ojú, Sarita…

Insomnio

Peregrinos Santiago

Puede haber alguien al que le parezca absurdo levantarse un día, ponerse a andar y andar durante jornadas completas, parando únicamente para comer y descansar el cuerpo unas horas, pocas la mayor parte de las veces.

Éstas fueron las palabras con las que Javier, comperegrino durante mi primer Camino, comenzó la colaboración en mi último libro, El Collar de La Soledad, y tenía mucha razón. Hay mucha gente que no entiende el motivo que nos llama a hacer el Camino, a repetirlo varias veces, habiendo mil sitios más que visitar, pero lo que allí se siente es magia.

Sí, en cualquier sitio que vayas de vacaciones desconectarás de la realidad y de tus problemas del día a día. Pero, apostaría a que cualquier peregrino real te dirá que en ningún sitio como allí. La vida es eso que dejas pasar mientras te agobias y piensas en problemas que no puedes solucionar. Sufres, lloras e incluso dejas de dormir por las noches, tu presente, tu vida, tu felicidad se centra en ese problema, o en todos aquellos, y entras en un círculo del que te cuesta salir porque andas encerrado en cuatro paredes: tu trabajo, tu coche, tu casa, el bar donde comes…

¿Qué sentido tiene seguir viviendo esa vida? ¿Qué sentido tiene continuar? ¿Por qué no dejarlo todo y comenzar de cero? Porque es difícil y no todos pueden. Yo no puedo. Mi única solución para desconectar de todo el mundo que me rodea, de todos los cambios que atormentan mi vida, la vía de escape al no saber qué hacer es un nuevo viaje al camino de las personas comunes. Sé que allí volveré a encontrar el remanso que necesito para mi alma y para mi cuerpo. Porque, aunque pueda doler el estar varias semanas contigo mismo, el recorrer cientos de kilómetros, subir las cimas más altas o descender hasta el fondo de tu infierno sabes que todo ese camino va a tener su recompensa, y que las meigas te recompensarán.

En el Camino no existe nada más que no sea el propio Camino. No existen los problemas, ¿acaso importa el resto? ¿Acaso importa lo que piense la gente?

¿Quo Vadis?

Camino Zamora

En los últimos días, e incluso semanas, he pensado mucho en todo el pasado y el futuro, no he llegado a ninguna conclusión que me aporte todas las respuestas que quería. Es cierto que, estos días han sido duros: problemas y agobios de todo tipo, y de todas las magnitudes. Y he vuelto a pensar en esa tierra llena de magia que está al norte de España, y que tantas y tantas almas han recorrido: el Camino de Santiago. La morriña le está pidiendo a mi alma que vuelva a pisarlas una vez más. Y me apetecía escribir sobre él.

Puedo decir sin miedo a equivocarme, porque es una sensación que he compartido con más peregrinos y todos hemos dicho lo mismo, que allí se vive el presente. Aquí recojo palabras de Juan, otro compañero peregrino enamorado del Camino y de su tierra, Galicia (podéis encontrarlo en: www.galicias.com):
…cuando estoy en el Camino tengo la sensación de vivir continuamente en presente, sin darle vueltas al pasado ni al futuro, disfrutando intensamente del momento en que me encuentro.

A él lo conocí en mi primer viaje, y según hablamos hace poco estas palabras podrían haber sido escritas poco después de habernos conocido, y de separarnos. Y es exactamente lo que se siente al estar en el Camino, y la forma que deberíamos vivir: “continuamente en presente”. Seguramente, ninguno de los que estéis leyendo estas letras podrá negarme que en estos momentos haya algún hecho de su pasado, algún “error” o alguna decisión que desearía no haber tomado. O, peor aún, llegar a preocuparnos por un futuro incierto, por cosas que tal vez jamás lleguen a suceder, o por el camino al que nos llevará aquella decisión que tomamos el otro día.

Sin embargo, en el Camino y, de nuevo, en palabras de Juan: Descubrimos que existe el dedo meñique del pie izquierdo y que es fundamental… pues si llevamos en él una pequeña ampolla ese dedo se convierte en el punto más importante del universo… Y así vamos descubriendo nuestro cuerpo, sintiéndolo… y esto nos trae al presente, al aquí y ahora… Ésa es la magia que nos falta en nuestra vida diaria, el sentirnos dueños de nuestro presente, el comprender que es sólo ese momento el que podemos cambiar y en el que debemos actuar. Allí llegamos a comprenderlo, aquí no somos conscientes de ello: la realidad nos nubla el presente y sólo nos deja ver las preocupaciones.

Debemos entender que la vida puede cambiar en un solo segundo, que de nada nos sirve pensar en qué ocurrirá en cinco años, tres meses o dos días porque es incierto. Debemos alcanzar a ver que éste presente es lo único que tenemos y sobre lo único que podemos actuar, el pasado sólo son viejos recuerdos que nos apoyarán cuando lo necesitemos, pero nada más, no podemos preocuparnos por ellos. Debemos ser peregrinos.

La vida es demasiado corta como para perder el tiempo echándote a llorar,
La vida es suficientemente larga como para no quererlo intentar una vez más;
Debes tomar tus decisiones, sin mirar atrás, sin arrepentirte “Jamás”
{Dispuesto a Seguir; Dragonfly}