Sin Pasado

Fuera llovía. Entró aquel filósofo en la cafetería. Allí todos saben que lo es, pero nadie dice nada. Aquella era una cafetería de un barrio pobre y marginado. El ambiente que había en ella no se podría decir que fuera el más apropiado para pensar o escribir. Sin ir más lejos, aquellas mesas donde él estaba sentado habrían sido limpiadas una vez: el día que salieron de la tienda de muebles. Y los sillones no estaban mucho mejor. Pero sin embargo, a pesar de estos pesares, para aquel filósofo ése era el mejor lugar para escribir y desarrollar sus ideas, él encontraba allí cierto encanto que no había hallado en el resto de la ciudad.

Alguna vez ya había tenido problemas con los vecinos de aquel suburbio, pero jamás pasaron de darle una pequeña paliza a la salida del bar y robarle lo que llevaba. Heridas que, como él decía, sanarían más tarde o temprano. Pero los hurtos de escaso valor material, y de grandes ideas, nunca más los podría volver a replicar, ya que como él pensaba para sus adentros: “Si una idea se va es que no merece la pena”. El perder los folios le dolía más que el dinero, o el dolor físico. En todos esos papeles se iban horas y horas de pensamientos, de sueños, de ideas que nadie jamás sabría ver igual que él. Y si le daban una paliza debería estar unos días en el hospital sin poder escribir.

Por eso para intentar evitar perder una idea, siempre escribía todo lo que le pasaba por su mente. Y ese bar era su mejor lugar. El dueño ya lo conocía y, para ser sinceros, no le agradaba demasiado que hubiese elegido su local para dejar volar su imaginación. Pero él era el único que pagaba sus copas en el mismo día, y podríamos decir también que en el mismo mes. Lo único que se tomaba siempre era un vaso de tubo con leche fría mezclado con un chorrito de Baileys. Si algún día consideraba que la leche no estaba lo suficientemente fría o tenía demasiado Baileys, le pedía al camarero que se llevara la copa, y le preparase otro solventando ese error. Luego pagaba ambas consumiciones, y se sentaba en la mesa.

No volvía a musitar palabra alguna en toda la tarde. Se acercaba al rincón, se sentaba y soltaba su pequeño maletín. Sacaba algunos folios, tres para ser exactos. Siempre tres como el número de bolígrafos que ponía encima de la mesa: azul, negro y rojo, en orden alfabético. Aunque siempre cogía sólo el azul para escribir.

Si le preguntaras a algún asiduo a aquel bar, como él, qué color usaba no sabría decírtelo pues su estancia permanecía tan distante y ausente que todos llegaban a abstenerse tanto que pensaban que ya no estaba allí y sólo tenían que echar la vista atrás para darse cuenta de que estaban en lo correcto. Pero siempre había alguien que decía que no, que aquel triste filósofo estaba allí aguardando que llegasen las nueve de la noche para marchar.

Y siempre era allí en la puerta de aquel garito donde le propiciaban las palizas para robarle unos pocos euros, aquellos gamberros siempre solían ser los mismos se habían vuelto tan rutinarios como él. Por eso, y porque el dinero no le sobraba cuando salía de casa sólo se llevaba lo suficiente para pagar dos trayectos de autobús y dos copas, la que se tomaba y otra por si había de pedírsela al camarero. Nada más, ni móvil, ni llaves, ni identificación, nada en sus bolsillos, y en su mano izquierda siempre el mismo maletín, lo único que le respetaban, con los tres folios y la terna de bolígrafos. Tan impolutos e intactos los útiles que parecía que nunca los hubiera utilizado, como si siempre fuesen los mismos. Como si aquel señor no fuera filósofo sino una sombra de lo que en un triste pasado fue. Lástima, aquel hombre ni siquiera era una sombra de un pasado: nunca tuvo pasado. Y si lo tuvo ahora no lo recuerda.

Él tan sólo sabe que vive en la calle bajo un árbol entre cartones, ni siquiera puede tener un triste banco como otros de sus compañeros nocturnos. Sólo sabe que cada día pide dinero por las mañanas y algo de comida. Unos días come más, otros pasa hambre, pero las monedas que consigue son para el autobús y las dos copas, y si obtiene algo más lo guarda en su maletín para cuando tenga el suficiente dinero ahorrado ir a la lavandería y lavar su ropa; ya comerá de la caridad, o no comerá. Pero ha de ir al bar a desarrollar sus ideas, siempre, pase lo que pase.

Además, su rutina es su rutina y no la puede dejar. La ropa la lleva siempre puesta, por eso necesita lavarla, no tiene otra. Pero que cualquiera que lo viera por el bar no sabría discernir si es vieja o nueva. Y esa es la razón de ir a aquel bar: está tan lejos de dónde pide dinero, de dónde lo ven dormir en la calle que allí él puede ser quién quiera ser, y puede que acierte con su vida pasada.

Su vida es tan triste que ni siquiera tiene un nombre, a nadie le importa cómo se llama este hombre de múltiples caras: por las mañanas es un vagabundo olvidado, por las tardes un filósofo que desarrolla sus ideas en un bar de mala muerte, y por la noche un alma arrinconada a los pies de un ciprés, como su pasado.

Él aún no lo sabe pero descansa bajo el mismo tipo de árbol que meses más tarde cubrirá sus restos mortales, pronto una de esas palizas será más grave que las de antes, y morirá desangrado en la puerta de aquel local, aferrado a aquel maletín como si su, ya inexistente, vida dependiera de los útiles de escritura que un día compró y jamás estrenó:

Porque él no sabía escribir.

Vuelta a la Realidad

Aeropuerto Santiago de Compostela

Vuelta a la realidad”. “Realidad”. Posiblemente éstas sean las palabras que más usamos los peregrinos cuando sentimos que todo aquello se acaba, o cuando ya hemos vuelto a nuestra propia realidad; y es que, aunque queramos evitarlo, aunque intentemos maquillarlo de otra forma, el Camino es algo mágico y logra cambiar tu forma de ver y de sentir durante aquellos días. Si bien es cierto ese cambio sucede poco a poco.En mi primer Camino, tomé aquello como una excursión, sólo un viaje más. Durante los primeros días un poco de cansancio, pero los kilómetros, el tiempo y las experiencias fueron invadiendo este abatimiento y sólo quedaba la magia del viaje. Una sensación de vivir en un espacio y en un tiempo, en un lugar y un momento que no me pertenecían. Acostumbrado al ajetreo de la ciudad la vida de peregrino distaba mucho. En cierto modo todo esto se repitió en mi segundo Camino. Si bien es verdad que fue más corto en el tiempo y en el espacio.Y aún hoy sonrío al recordar las palabras de mi compañero de trabajo cuando le dije que este año repetía mi viaje. Me recordó lo que dije cuando vine de aquella experiencia por primera vez: “Una vez y basta. Esto es para hacerlo sólo una vez”. Tal vez, muchos peregrinos lo hayan pensado también. Cuando llegas ya has cumplido con tu deseo, pero el tiempo te va dando otra perspectiva de todo lo que ocurrió allí. Empieza a nacer el sentimiento de peregrino, la añoranza de aquellos días sin preocupaciones, la esencia de la magia que sólo ése viaje posee. Por eso, a veces la llamada no se puede silenciar, y el Camino reclama tu presencia una vez más, se vuelve parte de ti.

Mi segundo viaje fue de improviso, lo comenté en casa, hice algunos cálculos sobre los días, y en las oficinas de un cliente, mientras auditábamos, compré los vuelos. Era finales de julio, y me iba a principios de agosto. Todo salió bien. Y aun sabiendo lo que me iba a encontrar, todo me sorprendió. Y, una vez más con la vuelta a la realidad terminó todo.

A partir de ahora hay que volver a la realidad”. Es el único problema del Camino, todos los recuerdos que dejas allí, las amistades que sólo estaban germinando, y ahora deberías de cuidar. Hace poco más de dos meses y medio que volví del segundo viaje, y catorce meses que lo hice del primero. Los recuerdos se han ido sellando en la memoria, la realidad se ha convertido en mi única realidad, y en cierto modo ya está naciendo otro deseo de volver allí. Ésta vez sería el Camino Primitivo, el de Asturias.

A partir de ahora, y sin periodicidad determinada, iré alternando las entradas en la página principal (relatos, poemas, …) con textos, fotos y recuerdos aquí. Si bien es cierto que, en el Tawq al-Uahda hay un resumen de lo que significó para mí el Camino de las Estrellas, y dos historias más de amigos que conocí aquellos días no ha habido turno, ni lugar, para contar el Camino al Fin del Mundo.

Valgan estas palabras para romper con la realidad y sumergirnos en ese mundo de meigas, bruixas y conxuros. Para descubrir que todo es posible, y que gracias a esta web, a la casualidad de la vida y las meigas hace pocas semanas un gran peregrino, y mejor persona, que conocí y compartí varios días de camino en la provincia de Zamora me escribió y contó algo que me llegó. Con suerte, para vosotros ya llegará el tiempo de conocer parte de esa verdad, aún quedan muchas personas que marcaron aquellos días, y me hicieron crecer.

¡Ultreia, suseia, Santiago!

España va bien

Un día más. La misma rutina. Sacar el coche del garaje, girar a la derecha, tener cuidado en el ceda el paso, no se ve bien quién viene. Unos cincuenta metros y a la izquierda. Paso de peatones. Salir, y meter segunda. La glorieta, tercera salida, dirección a la capital, y tercera. Quinientos metros y cuarta. Coger la incorporación a la autovía, reducir a tercera antes de entrar; siempre hay tráfico. Encender la radio, el mismo programa de siempre, las mismas noticias económicas: España va de mal en peor. El paro vuelve a subir. Meter quinta al coche antes de que hablen de la deuda y la prima de riesgo. Mirar el reloj, llego bien al trabajo –como siempre–. Tengo que entregar el informe. Girar a la derecha mientras reduces a cuarta en la curva peligrosa. Pensar que lo has perdido todo. Algo distinto. Girar hacia la izquierda, hacia el puente. Saber que lo pierdes todo para siempre.

Llegó la poesía

como un susurro desesperado,
como la lágrima que no desaparece,
como mi amor por ti que jamás morirá.
Si bien es cierto que el subtítulo de la web reza, “Escritor & Auditor”, una gran parte de lo que escribo es poesía, y quería que hoy fuese el día que os la presentara. La primera entrada oficial de la web fue ‘Mirar con el Alma’, un pequeño relato que rescaté de mi viejo blog, La Piel de Una Promesa; y la semana pasada fue el turno de ‘Amar, Temer, Partir’, un relato inédito que surgió tras leer un pasaje de “Yo también tuve una novia bisexual” de Guillermo Martínez. Así que, la entrada de hoy consta os acerca un poco más a mi poesía. A mi otra faceta, a mi alma.El primer poema que os quiero presentar fue recitado por una gran amiga, Susana Ramírez, eigual en este mundo virtual. ‘Nunca tendré nada’. Este poema formó parte de mi gran sueño, de aquel Sueño Cumplido. Y aunque haya estado varios años descansando en la sombra, hoy es el turno que vea la luz, que disfrutéis de la dulce melodía que esta granadina le da a mis palabras:
“Mis días, tan hermosos cuando estábamos juntos,
han cambiado desde que se alejó tu bello rostro”

{Ibn Zaydûn}

Los que me conocen saben que soy bastante tímido, sin embargo -como dirían en uno de mis prólogos- a veces hay que vencer la reticencia y ser valiente. Lanzarse a por ello. En la Escuela Oficial de Idiomas de Vélez Málaga, todos los años hacen un recital sobre algún tema en especial, hace dos años el tema fue la felicidad. Y, hablando con mi profesor, me propuso que recitara un poema aquella tarde. Yo, estaba muerto de miedo pero acepté. Escribí un poema especialmente para la ocasión, donde se hablase de la felicidad, o más bien de la ausencia de ella, y me pasé aquella semana recitando el poema por la calle antes de entrar al trabajo. ‘Olvidar los Recuerdos’ es el único poema que he recitado en público del que haya constancia. Y, aunque la dicción quedara un poco forzada, y la postura no fuese la más adecuada, el momento mereció la pena, y el clavel que me entregaron después aún más. Shukran.
“La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar”
{Silvio Rodríguez}

Y por último, ‘El Collar de La Soledad’, el poema que da título a mi poemario (del que también forma parte el anterior poema). Saray Pavón tiene una voz cautivadora, que te trasporta y hace que entres dentro del poema. Siempre cuando escribo voy recitando los poemas en mi cabeza, le doy unas pausas, una velocidad, y en cierto modo les doy vida; pero al escucharlo en la voz de otra persona todo eso se distorsiona, suena diferente. Pero cuando aquella tarde recibí un mail de Saray con el audio del poema no podía creer que aquello que estaba oyendo fuese un poema mío, no marcaba mis ritmos, se hacía extraño: mejor. No sé expresar lo que sentí. Se me saltaron las lágrimas al sentir lo que el protagonista del poema piensa, y sufre por el amor. Me sigues faltando tú…

Nunca dejas de querer a la persona de la que realmente has estado enamorado.
Sólo puedes aprender a vivir sin Ella…
{Alguien…}

Amar, Temer, Partir

He roto mi promesa, ¿ya qué más da? Ha pasado un año desde aquel día. Me hiciste prometer que no habría llamadas, ni cartas, ni siquiera emails, como tampoco intentaría ponerme en contacto contigo por ningún medio. Y créeme, que lo intenté, al menos las tres primeras; la última sólo a medias.Aún recuerdo tu rostro aniñado, tus ojos verdes y pelo negro, aquellas lágrimas en tus ojos por esta despedida imprevista, rápida y fugaz. Y a pesar todo aquello tenías la fuerza suficiente para hacerme jurar que no volveríamos a saber el uno del otro cuando volviésemos a nuestros mundos. Sabías que al principio todo es magia, todo son recuerdos imborrables, promesas de volver a vernos y decirnos aquello que no dijimos… pero con el tiempo todo ello se agota, se esfuma y sólo quedan meros contactos de rigor. Conversaciones como las que tendrías en el ascensor con ese vecino del séptimo.

Tú odiabas aquello e imagino seguirás odiándolo. Y este correo no hará más que levantar viejas heridas, reafirmarte en tu idea, pero no he podido evitarlo, ayer leyendo el periódico algo me hizo recordar nuestra historia. La primera semana que estuvimos separados deseaba a cada segundo volver a oír tu voz, saber de ti y volver a ver tu rostro. Mas lo primero era imposible por nuestra promesa, y volver a verte también, no tenía ninguna foto tuya. Pensé en llamarte ocultando el número de móvil, pero entendí que ya no éramos niños pequeños para andar jugando a esos juegos, al escondite. Durante aquella semana y la siguiente también pensé en buscarte por las redes sociales, pero jamás te encontré en ninguna de ellas. Tal vez usas otro nombre, otro correo o quizás no estés dentro de ellas. No lo sé.

Fue pasando el tiempo y no pude más que darte la razón, tu recuerdo, nuestra historia se fue difuminando dentro de la esencia de mi mundo. El día a día es un verdugo cruel contra los recuerdos, los ahoga y los minimiza, los aprieta y los absorbe, los destierra y los cambia por otros. Poco a poco te fui olvidando. Ya sólo a veces, ocasiones muy puntuales, sentía la necesidad de saber de ti, pero sólo por mera cortesía –esa cortesía de ascensor–, y siempre por falta de tiempo y en menor medida por la promesa –cada vez menos presente pero más real– nunca me puse en contacto contigo. Hasta hoy.

Leer el periódico fue algo que me enseñaste tú, o mejor dicho que tú me habituaste a hacer en aquellos días, sin embargo, con el paso del tiempo con el paso de las semanas aquello fue formando parte de mi rutina diaria, amoldándose a mi vida, evitando traer recuerdos de otros tiempos hasta que olvidé que todo esto empezó por ti, pero ayer algo me trajo de nuevo a la realidad. Me llevó a romper la promesa.

El periódico sólo daba una lista de los becarios que habían obtenido una beca Talentia para irse a estudiar fuera de Andalucía, y tú eras una de ellas. Casualidades de la vida, o tal vez por ti, vas a ir a estudiar a mi país, quizás no lo sepas pero en unos meses regresaré allí y con ello habrá otra oportunidad de empezar de cero. Habrá otra oportunidad por la que romper nuestra promesa no haya sido en vano. ¿Lo intentamos?

Mirar con el Alma

Muchos dicen que lo peor que les podría pasar sería quedarse ciegos, eso es porque no han sido ciegos de nacimiento como yo. Para alguien que ve, la oscuridad puede ser su mayor problema pero para alguien que jamás vio nada, lo peor que le puede pasar es enamorarse en silencio de una voz y no encontrar el valor para darle a conocer el dictado de tu corazón.Fui ciego desde que nací, ahora tengo treinta años y me gusta decir que mi vida es azul. Sí, sé que la gente que ve dice que su vida es gris cuando es triste o apática, pero para mí, ¿qué importa el color si jamás sabré diferenciarlos? Así al menos me hago el interesante. Cuando era pequeño, mis padres me llevaron a los mejores oculistas y oftalmólogos que podían permitirse para ver si recuperaba la vista, fueron muchas operaciones pero nada sirvió para ayudarme. Sigo sin ver colores.Hace unos años me hicieron la última operación, decían que en esa recuperaría la vista de una vez por todas, pues bien, aún estoy esperando recuperarla. He sido un fracaso para todos los médicos que me han operado, pero es que, conmigo, no se podía hacer nada. Siempre he estado acompañado de un perro guía y de un bastón. Sólo ellos y mis padres han estado a mi lado durante toda mi vida, no me ha hecho falta la ayuda de nadie más para sobrevivir el día a día. Ni siquiera otros chicos invidentes han estado a mi lado, no estuvieron cuando aprendí a leer braille en aquel colegio, incluso entre nosotros siempre ha existido competencia y maldad. No me ha importado nunca, yo no soy así: tengo una vida azul.Ahora al fin he encontrado un trabajo. Siempre estuve receloso a hacerlo de este modo, pensaba que podría conseguirlo todo solo pero me equivoqué. No, no soy un gran abogado, ni médico, como a las madres les gusta; ni siquiera trabajador de mono azul. No, soy vendedor de cupones de la ONCE en una esquina de mi ciudad. Fui a la sede de la capital y pedí ayuda, a los pocos meses me lo concedieron.

Trabajo solo. Y no, tampoco tengo miedo a que me roben o me timen, estoy encerrado en un pequeño puesto, mi fortaleza, y tengo la regla de que antes de dar el cupón, he de coger el dinero. Y si son billetes comprobarlo con una máquina especial si son verdaderos o falsos. Y cuando llega la hora de cerrar, viene mi padre a recogerme y ayudarme con la recaudación. Esa es mi rutina.

Tal vez alguien pueda pensar que es un trabajo aburrido y monótono, que sólo estoy aquí porque no puedo aspirar a más. La verdad es que se equivoca. He estado trabajando en otros lugares pero no me llenaban, he estado ayudando a otras personas invidentes como yo, pero llegué a corroborar la idea que tenía de pequeño, llegué a darme cuenta de que hasta en las personas con discapacidad intentan pisarse unas a otras. Sí, discapacitados, no me gusta eso de con capacidades especiales, porque no es cierto, somos discapacitados para algunas cosas, igual que muchos de los que os creéis mejores no podéis hacer otras que nosotros sí o la mayoría de los capacitados. Todos tenemos alguna restricción en nuestra vida, más clara o menos, pero la tenemos: todos somos discapacitados en algún momento. No todos pueden escribir poemas, por ejemplo. O ser astronautas.

Si finalmente estoy en este trabajo es porque me gusta, porque aquí sí puedo despegar mis alas, aquí puedo tornar mi vida en amarillo, darle algo más de color a mi vida azul. Ninguno de vosotros sabrá jamás qué se siente al enamorarse de una voz, como me ha pasado a mí. Sé que podréis pensar que os miento y sí podéis hacerlo por teléfono, pero os juro que el sentimiento no es el mismo, en vuestras vidas está la opción de que os conozcáis o podréis ponerle los ojos y la boca de vuestra ex pareja, la nariz de aquel actor que tanto os gusta… Yo sólo puedo imaginar su cara, su cuerpo con imágenes que nunca contemplé.

Es algo difícil de explicar lo sé, pero es amor. Y el amor no se explica.

Oigo su voz todos los días, la oigo pasar con sus compañeras de trabajo, porque ella trabaja en una gran empresa, en la planta séptima. Trabaja en el departamento de recursos humanos, su pelo es castaño y su mirada azul como el cielo, su piel blanca. Sus labios son rojos como el fuego del infierno. Y su cuerpo está perfectamente dibujado. Al menos ella es así en mis pensamientos, en mis sueños. Sin haberlo visto jamás siempre me gustó el pelo castaño, marrón según dicen. Realmente no sé dónde trabaja, pero me gusta imaginar que lo hace en ese lugar.

Si no fuese ciego, algún día podría preguntarle, invitarla a una copa, acariciar su rostro, y comprobar que estaba en lo cierto. Pero eso no podrá ocurrir nunca. Ni siquiera me ha comprado un cupón, sólo he oído su voz al pasar por la calle. Ningún normal podría distinguir su aroma entre el de sus compañeras, pero yo, un discapacitado, sé que el suyo es el más dulce de todos y distinto su voz del ruido del mundo. Ésta entra en mi fortaleza y aquí se queda reverberando hasta que se difumina en mi sonrisa.

Si no fuese ciego, le propondría conocerla lejos de estas calles, en su habitación, en la mía. Recorrer con mis manos su cuerpo. Pero sé que por ahora, y para siempre, sólo podré hacer eso en mis sueños. En esos sueños en los que puedo ver, en los que ella me ve. Pero siendo ciego, sólo me queda esperar que se acerque a comprar un cupón, a que un día pasee sola y pueda sentir su aroma muy dentro de mí.

Siendo ciego sólo me quedan los sueños.

Camino de Santiago

El Camino tiene magia; y tú, caminante, tienes magia, y tienes alas, y
tienes una fuerte luz interior que ilumina todo lo que toca con alegría y sentimientos positivos. Gracias por la vida que llevas dentro y que
transmites a los demás. Gracias por existir y por ser cómo eres.
Y le doy gracias al Apóstol por haber encontrado tu mirada en el Camino.

{Anónimo; extraído de la web de www.galicias.com}
Fisterre

¿Por qué José Miguel Valverde?

Desde la Alhambra

Desde hace mucho tiempo, cuando hice el cambio de blogs –de El Rincón de Los Vencidos a La Piel de Una Promesa–, venía pensando en una página más personal, en un dominio propio. Y, el pasado 18 de septiembre adquirí el dominio. Y hoy, 29, nace este sueño en su máximo esplendor. Otro gran sueño cumplido; y aún quedan muchos por llegar. La elección del dominio está clara, además (gracias al consejo de un lector), fue como me presenté en mi último libro: José Miguel Valverde.

A partir de ahora podréis encontrarme aquí, iré publicando todas las semanas algunos textos (comentarios, relatos, poemas, pensamientos…) tal y como venía haciendo en mis antiguos blogs. Con la madurez que da el paso de los años, y la poca experiencia que pueda tener aún tras mis anteriores aventuras literarias. La web está dividida en varias páginas, que he querido dedicar a mis anteriores publicaciones (Un Sueño Cumplido, El Rincón de Los Vencidos, y El Collar de La Soledad), y dos más, una sobre la experiencia del Camino de Santiago –que aún sólo está en pañales–, y otra para contaros algo más de mí.

La imagen de la cabecera algunos de vosotros la podrán reconocer, otros, tal vez, sólo intuir. Pero, la foto fue tomada este verano sentado junto al faro en Finisterra, al finalizar lo que fue mi segundo Camino de Santiago (en 2011 éste me llevo desde Zamora a Santiago de Compostela pasando por Astorga, y ahora desde Santiago a Finisterra, pasando por Muxía). Y, como escribí hace unos días:

Necesitaba ver el atardecer, el último resquicio de magia que buscaba. Y como el sol que es devorado por el mar, la mañana siguiente emprende un nuevo combate contra las olas sabiendo que no lo ganará, mi alma resurgió y vuelvo a intentarlo. ¿Contra quién lucho? No lo sé. Tal vez el Camino sólo fue un sueño efímero.

Y, ahora sed bienvenidos a este nuevo proyecto que es la materialización del sueño. Espero que me acompañéis durante mucho tiempo.